REDUCIÓN DE JORNADA=REDUCIÓN DEL PARO

repartir pão1José Pérez Miranda (Pichi)

El desempleo está alcanzando cifras insoportables a nivel mundial. En sus últimas consideraciones la Organización Mundial  del Trabajo observa una tendencia clara a su crecimiento y calcula que para el 2019 alcanzaremos unos 225 millones de parados. También los contratos precarios crecerán y los salarios  irán a la baja,  así como los derechos sociales. Ese es el futuro que este organismo, nada sospecho de ser antisistema, prevé. (Quienes  más lo padecerán serán los jóvenes y mayores, como ocurre en España.)

Es decir, los que trabajan cada día están en peores condiciones (hablamos de los países desarrollados), sus salarios son insuficientes para vivir dignamente, los contratos extremadamente  temporales y a tiempo parcial. Unos países  tras otros  van laminando   derechos adquiridos, con tantísimos sacrificios, excusándose en la competitividad.

  La única solución al desempleo pasa por reducir  significativamente  la jornada de trabajo y parece increíble que a estas alturas  no haya habido ya un amplio debate al  respecto. Es incomprensible comprobar su desaparición de las reivindicaciones fundamentales de los sindicatos. Pero, aunque no es amplio, el debate existe y es de esperar que se generalice y adquiera fuerza. Diferentes analistas en este ámbito coinciden en que el establecimiento de una jornada de 25 o 30 horas semanales puede tener efectos importantes en la reducción de empleo. Pero plantear esto en un único país, sin tener en cuenta la interrelación económica internacional,  parece una equivocación.  No es posible, a estas alturas de desarrollo capitalista, conseguir ese objetivo en un solo país, por grande e importante que éste sea y potente su movimiento. ¿Quiere esto decir que se ha de conseguir algo así como un decreto ley internacional estableciendo  esa jornada y hasta entonces no hay que hacer nada más que debatir? No, lo evidente es que la lucha por conseguirla, empiece por donde empiece,  (un país, una localidad o un sector de la producción)  debiera tener proyección  internacional.

Para avanzar en lo anterior hay que tener en cuenta algunas consideraciones:

Primera,  el desarrollo tecnológico.  Su gran avance hace que la productividad  se haya multiplicado y que, hoy con  menos horas de trabajo, se pueda producir muchísimo más. Muchos conocimos el arado de madera como la herramienta más moderna en el trabajo agrícola,  después vino el de hierro, el tractor y demás máquinas que ni necesitan conductor. En industria hemos pasado de aquellos tornos de correas  (en los que yo mismo empecé a trabajar) al automatismo actual, con el que las nuevas tecnologías potencian un ritmo vertiginoso. ¿Por qué entonces seguimos trabajando la misma jornada que hace treinta  o cuarenta años?  ¿No es de justicia que los trabajadores también se beneficien de ese desarrollo,  teniendo en cuenta que ese avance es fruto de su propio trabajo y además contribuiría poderosamente a la reducción del paro y al  mantenimiento  del bienestar social?

Segunda,  todos estaremos de acuerdo en que no hay capacidad para consumir, de manera sostenible, esa gran riqueza que se puede producir, por mucho que despilfarremos (sin hablar ya de lo que se está haciendo con nuestro planeta). El sistema financiero,  que es el que manda, nos facilitó créditos de hasta cuarenta y más años para que  comprásemos y comprásemos,  empeñándonos hasta la cejas.  Tanto estiraron la cuerda que al final  ésta se rompió. Por ello, la crisis que padecemos en el mundo no vino del cielo, ellos la provocaron, con ella se siguen enriqueciendo y los pueblos nos empobrecemos.

Tercera, el sistema capitalista, en el que nos está tocando vivir, necesita de dos factores complementarios y equilibrados para funcionar, la producción y el consumo.  Sin esa correspondencia se paraliza y eso es lo que ocurrió. Esta crisis capitalista generalizada  no es la primera que le tocó sufrir a la humanidad y de ellas no se sale fácilmente.  La anterior que hemos padecido duró desde el año 1929 hasta la segunda guerra mundial y también en ella hubo bandazos de mejoras y empeoramientos de las macro cifras económicas, creando esperanzas de salir de aquella situación sin los catastrofismos que ocurrieron;  pero esas esperanzas se truncaron, desgraciadamente.

La manera en que se está fomentando la reactivación, con medidas como la reducción de salarios, derechos sociales y laborales, con el pretexto de que hay que ser competitivos para salir de la crisis, lejos de solucionarla la empeoran. Es repetir de nuevo la misma historia, cargar a los trabajadores con la crisis y seguir ellos amasando fortunas. La solución del desempleo les importa bien poco, aunque hagan mucha demagogia con ello. La cuestión de fondo es que el sistema es incapaz de proporcionar, sostenidamente, trabajo a todo  el que lo necesita. Sus consecuencias son su repetición y las terribles calamidades que provocan.  El hecho de que haya mejoras en unos u otros países no desdice la realidad internacional en cuanto a su creciente desempleo. Esa política, ya instalada en varios países, de aparente creación de empleo, en la que al trabajador con media jornada o menos  ya no se le considera parado, solo pretende disfrazar la realidad, engañar.  Alemania, la “locomotora” europea,  tiene  un porcentaje relativamente  “bajo” de desempleados,  ya que a los más de siete millones de contratos a tiempo parcial se les considera en activo, como  si fuesen de jornada completa.  En Estados Unidos los falsos autónomos  ya alcanzan  más del 30% de los trabajadores de ese país. Para aclarar algo sobre éstos, hay que decir que es lo mismo que intentaron en Barcelona con la sustitución de los taxistas (lo que no consintieron los tribunales españoles) por alguien que contacta con una multinacional, dedicada a esa especulación,  y con tener un coche,  un teléfono  y disposición horaria (estar en paro) cualquiera podía hacer de taxista,  sin contrato de trabajo ni relación laboral alguna. Pero ya no se les considera parados, aunque nadie sepa cuantas horas trabajan. Esto  puede  aplicarse a otras muchas profesiones (reparto de paquetería, etc). Que nadie lo dude, esta nueva y peregrina forma de explotación y camuflaje de parados,  se extenderá a otros países, incluido el nuestro.

Antes de avanzar corresponden unas escuetas observaciones sobre esas engañifas en nuestro país. El actual Gobierno se está empleando a fondo para hacernos creer que  España es el país europeo donde más empleo se crea. Algunos partidos de la oposición también lo admiten, aunque critican su baja calidad, peores salarios, etc., faltaría más.  Pero si  medimos el empleo por el número total de  horas trabajadas,  comparando los años 2013 y 2014, resulta que en este último año se realizaron cerca de 29 millones  de horas menos que en el año 2013. Como se ve, no se ha creado empleo, se ha perdido.

Otra pregunta es ¿cómo puede crecer el PIB con menos horas trabajadas? La explicación parece lógica, mayor intensidad en el ritmo de trabajo. ¿Puede haber otra explicación,  cuando se recorta en investigación y desarrollo de las nuevas tecnologías?.

Cuarto, la economía está totalmente internacionalizada y las decisiones importantes al respecto también. El intercambio comercial, no sólo turístico, apenas tiene fronteras, y el opaco  tratado sobre libre comercio entre EE.UU y Europa,  que se  negocia  a escondidas, nos traerá, entre otras cosas, la anulación de las mismas;  el capital financiero ya hace mucho que las derribó. Éste, al que ahora se le llama “los mercados”,  es predominante en el sistema capitalista actual y se significa por el ansia de  ganar dinero sin importarle la forma. Si lo consigue con la producción de bienes para satisfacer las necesidades  de los ciudadanos, vale; pero si es fabricando material de guerra  o imponiendo conflictos armados, tampoco está mal; y especulando con el dinero  (comprándolo y vendiéndolo)  excelente, de guante blanco.  Con su poder, establecen las reglas, marcan a los gobiernos el camino a seguir. Estos pueden ir por la  izquierda o por la derecha, pero al que intente salirse de la vereda, lo estrellan.  A esta democracia,   que tanto dicen defender, la están  haciendo añicos. Desestabilizar países (ahí están Irak, el este de Europa, etc.), cambiar gobiernos elegidos en las urnas y  reemplazados por otros  (Italia, Grecia son ejemplos recientes)  o estrangular las economías de sus países, está de moda. Nadie les eligió,  pero deciden. En esta situación, los pueblos no pueden hacer frente a las decisiones internacionales del capital, desde cada país hemos de afrontarlas  internacionalmente y la lucha solidaria es nuestra mejor herramienta para conseguir nuestros objetivos.  O se entiende así o nos  seguiremos cociendo  en nuestra propia salsa.

Está claro  que reducir el  la jornada laboral,  significativamente nunca fue  fácil, ni lo va a ser ahora. Para conseguir la jornada de ocho horas diarias, o cuarenta y ocho semanales,  hubo mucho sacrificio y  la  de cuarenta semanales, que  muchos de nosotros aun recordamos, nos costó lo nuestro. Pero,  o seguimos  soportando el creciente desempleo y todas sus consecuencias, (éstas pueden ser mucho más graves de lo que pensamos) o luchamos por reducirlo a través de rebajar la jornada de trabajo significativamente, no queda otra.  Lo demás  son paños calientes. El mundo no para y éste debe ser nuestro objetivo principal  para avanzar socialmente y no retroceder.

Parece razonable, y esa es una propuesta para fomentar ese debate imprescindible, la reducción de la jornada de trabajo  a 25 horas semanales  en  el mundo desarrollado, sin merma del poder adquisitivo ni del bienestar social. La creación de un movimiento ciudadano generalizado y potente por conseguirla debe ser la principal tarea de los trabajadores en este momento. Pongamos el grito en el cielo reivindicándola, como supimos hacerlo con la de las ocho horas y luchemos sin desmallo para conseguirlo.

Quien no emprenda una batalla jamás ganará la guerra.

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