ROBÓTICA Y PARADOS

José Pérez Miranda (Pichi).

Los profesores británicos de la universidad de Oxford Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, después de analizar más de 702 ocupaciones de Estados Unidos, concluyen que, en una o dos décadas, más del 47% de los trabajadores corren el riesgo de ser sustituidos por robots; ambos profesores y la consultora Deloitte llegan a parecida conclusión al estimar que, de 366 ocupaciones del mercado laboral británico, el 35% corren el riesgo de informatizarse. Por otro lado, el Foro de Davos (élite económica mundial) anunció, en un informe hecho público, que en los próximos cinco años el desarrollo de la robótica o la inteligencia artificial destruirán siete millones de empleos y que apenas serán compensados con los dos millones que crearán la computación o la ingeniería. Es decir, cinco millones serán enviados al paro. Además, por la información aparecida en los medios, el Gobierno chino (cuna mundial del empleo) está implantando robots a todo trapo.

Hace un par de años la Organización Internacional de Trabajo (OIT) predecía que para el año 2019 tendríamos unos 225 millones de parados en el mundo.

Motivado por el ya alto desempleo y el crecimiento del mismo que se viene pronosticando, se está dando un debate creciente orientado hacia su solución vía reducción de la jornada laboral, curiosamente más desarrollado en países que aparentemente padecen menos desempleo como Alemania, los países nórdicos e Inglaterra (en este país la New Economics Foundation opta por ir hacia la jornada laboral a 21 horas semanales, después de un análisis interesante sobre los beneficios que aportaría a la sociedad inglesa). El mismo representante de la OIT para España, Joaquín Nieto Sainz, parece ser partidario de una reducción de la jornada de trabajo a nivel mundial, con la misma finalidad.

Y es que las nuevas tecnologías llegaron para quedarse, seguirán desarrollándose a gran velocidad y sus consecuencias, buenas o malas, también. No hay marcha hacia atrás, como tampoco la hubo con la llegada de las máquinas, a las que se las consideró enemigas porque sustituían el trabajo artesanal y reducían empleo.

Pero, no son las nuevas tecnologías las que destruyen empleo, sino el aprovechamiento en su exclusivo beneficio del empresariado y el sistema capitalista. Si con las nuevas tecnologías crece portentosamente la capacidad de producir, ¿por qué no han de proporcionarnos mejor bienestar a las clases populares y a los pueblos, en vez de perjuicios? ¿Por qué no pensar que permiten, e incluso obligan, a reducir la jornada laboral? Esta medida que, según varios estudios solventes sería viable económico y socialmente, aportaría: reducción del paro, más tiempo libre para la familia y el ocio, reduciría poderosamente las desigualdades y mejoraría nuestro bienestar social, a todos los niveles. A su vez podría contribuir a mejorar el medioambiente, etc. Es decir, con la reducción de la jornada, solo habría beneficios para la inmensa mayoría de la población.

Gracias a la lucha de los pueblos, hemos pasado de aquellas jornadas de trabajo sin límite a las 8 horas diarias (48 a la semana) y a las 40 semanales actuales, sin merma de los salarios. ¿Por qué diablos hemos de seguir con la jornada de hace 30 o 40 años, cuando nuestra productividad es muchísimo mayor? ¿Alguien pensó cuántos parados tendríamos ahora si no se hubieran reducido aquellas jornadas laborales?

Se dice que el desempleo es una de las mayores preocupaciones de la humanidad, pero las políticas empleadas en los países occidentales van en la dirección de empeorarlo. En el sistema que vivimos se produce para vender y así ganar dinero, no para satisfacer las necesidades humanas. Por ello, la capacidad de producir y la de consumir han de mantenerse en equilibrio sostenido (la llamada oferta y demanda). Así pues, lo que se produce ha de poder venderse, porque si no la rueda de la producción se ralentiza y el paro se incrementa.

Por ello las políticas de reducción de salarios y de potenciación de falsos autónomos y todo tipo de empleos precarios (en el Reino Unido hay un contrato denominado “contrato por cero horas” consistente en que el trabajador se compromete a la absoluta disposición del empresario y éste solo lo contratará cuando quiera o le convenga, cualquier día de la semana, a cualquier hora, y ya afecta a más de 700.000 trabajadores, ¿esclavos?). Se consienten millones de horas extraordinarias (solo las no pagadas en España ascienden a la escalofriante cifra de 167 millones en 2015, uno más de los indicadores del miedo al que están sometidos los trabajadores). No se persigue el masivo trabajo sumergido, etc.; y se recortan derechos sociales como sanidad, educación, ley de dependencia… Van en sentido contrario a la creación de empleo y la Troika exigiendo más recortes. Son insaciables.

Por otro lado, en cuanto a impuestos, los que cobramos por nómina somos los únicos paganos. A las grandes empresas se les da todas las facilidades posibles para que legalmente evadan impuestos: amnistías fiscales, los paraísos fiscales y las sicavs ahí están, ahí están… chupándonos el hígado, son intocables, y los bancos centrales, con dinero público, facilitan, gratuitamente, portentosos beneficios al mundo de las finanzas.

Todas estas políticas solo pueden conducirnos a mayor desempleo y a las miserias derivadas del mismo. Hay opiniones interesadas diciendo que para salir de las crisis anteriores siempre se hizo reduciendo salarios y derechos sociales, pero es mentira. De la llamada del 29, parecida a ésta por ser mundial y de similares características, en la que también hicieron recortes de ese tipo, el paro siguió creciendo. Solamente en Alemania se pasó de los seis millones de desempleados. Al final terminamos en la II Guerra Mundial. Es decir, nos han hecho nadar hasta la extenuación para darnos la puntilla en la orilla. Aquel horror acabó con la crisis económica y 50 millones de vidas humanas. Eso, nunca más.

Esta crisis, como las anteriores, no solo genera depresión económica, también depresión social. Las clases populares se ven obligadas a trabajar en unas condiciones miserables e impensables. Hay una creencia generalizada de que por ello debiera de haber mayor disposición a la protesta, pero no suele ser así. Hay que sobrevivir y esto promueve el individualismo, la peor de nuestras debilidades.

Como decía y repetía Luis Redondo, “o nos salvamos con el alma colectiva o con el alma individual nos vamos todos al infierno”. Esta es la cuestión, solo con la lucha colectiva y solidaria, nuestra arma más poderosa, saldremos adelante.

Cuando el conjunto de la economía mundial está cada vez más entrelazada y las decisiones más importantes sobre el desarrollo económico-social del planeta son tomadas por poderes financieros situados por encima incluso de los Estados, las luchas limitadas a una empresa, a una localidad, a una Autonomía o a un país son necesarias, pero no bastan. A pesar de ellas, de su resistencia y de algunas victorias, en líneas generales, estamos retrocediendo. Los despidos, cierres de empresas, privatizaciones de la sanidad, de la educación, siguen avanzando. Por eso, el alma colectiva de la hablaba Redondo hemos de entenderla mundial para poder hacer pie, trabarnos y empezar a avanzar. Los pueblos podrán defenderse mucho mejor juntos que separados de los recortes y demás estragos que les imponen. Los campesinos, los siderúrgicos y otros colectivos españoles ya se están viendo obligados a manifestarse en Bruselas, junto a los de otros países europeos. El movimiento antiglobalización así lo entendió hace ya varios años.

Es muy importante comprender esto, porque no es justo, ni solidario, ni conveniente para los intereses de los pueblos, particularmente europeos, la carencia absoluta de solidaridad con la lucha del pueblo griego, ni que tampoco haya signos de denuncias o protestas contra las guerras desestabilizadoras provocadas por Occidente. No pasamos de la pena que nos puedan provocar las imágenes de los refugiados emitidas por los medios de comunicación. ¡El alma colectiva está malita y hemos de sanarla!

Los pueblos han sufrido mucho luchando por conseguir sus reivindicaciones y en ellas aprendieron que ni “Dios” les va sacar las castañas del fuego. Confiemos, sobre todo, en nuestra fuerza, nuestra experiencia, nuestra solidaridad y nuestro tesón.

Está en nuestras manos reducir considerablemente la jornada laboral para ponerle freno al desempleo. La robótica y las nuevas tecnologías también han de ser utilizadas en favor de las clases populares. Luchar por una reducción significativa de la jornada laboral es la única salida razonable, no hay otra. ADELANTE.

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